Al volver de un paseo por el río recuerdo la soledad irritante de mi adolescencia, de la que parece que no he logrado escapar del todo. Es la sensación del mirón, del chico solitario sin otra función en la vida que espiar por las ventanas iluminadas la satisfacción o la felicidad ajenas. Puede parecer cómico, grotesco que, habiendo sido objeto de tanta generosidad, me aferre a la imagen de un chico que camina bajo la lluvia por los arcenes de East Milton. —John Cheever, Diarios